No más fracaso escolar
La escuela nació como una institución uniformadora y continúa siéndolo; su indiferencia real traduce la diversidad en desigualdad
KOLDO SARATXAGA 1 MAR 2015 – 17:07 CET. Opinión El País

Entendido como la proporción de alumnos que no consiguen concluir los estudios obligatorios, el fracaso escolar supera en España el 20% y en Euskadi el 10%.

Hay excelentes y detallados estudios que pretenden analizar las causas, las cuales están en cuatro grandes grupos: socioculturales, familiares, institucionales e individuales. Como puede verse, lo suficientemente diversas y complejas como para buscar soluciones que vayan más allá de los intereses políticos del momento.

Analicemos un poco el modelo escolar, que trata de homogeneizar y no de desarrollar al alumno, desde su incorporación por edades: los nacidos en diciembre tienen el triple de posibilidades de repetir curso con respecto a los de enero, así como un mayor fracaso escolar.

Hay toda una retórica que gira en torno al reconocimiento a la diversidad (no hay dos personas iguales en el mundo, ni dos días iguales); lo mismo se decía y dice en torno a la igualdad. Lo cierto es que la escuela nació como una institución uniformadora y continúa siéndolo; su indiferencia real traduce la desigualdad social en desigualdad escolar y la diversidad, en desigualdad.

La enseñanza no camina en paralelo con las necesidades actuales
Es una escuela basada en asignaturas, con una hoja de ruta predeterminada, que no deja medios ni espacio al profesor para que los 24 alumnos por clase expresen sus capacidades naturales a lo largo de su estancia en el aula. A los cinco años, el 98% de los niños son genios, y diez años más tarde, lo son el 15%, y así continúa la tendencia. El maestro se convierte de esta manera en un administrador del propio sistema. Al final, estos niños, ya jóvenes, acaban volando como gallinas, en un mundo de gallinas, cuando podían ser águilas.

Tenemos una escuela basada en la memoria, en el pasa o no pasa conforme a unos exámenes, todos iguales para personas todas diferentes. Pero esa diferencia, muchas veces pequeña, y subjetiva en la mayoría de los casos, pues depende de un profesor y sus circunstancias, se transforma luego en una división radical: pasar o no pasar, el éxito o el fracaso. Y sus consecuencias para ulteriores oportunidades de vida del alumno: continuar estudios o salir al mercado del trabajo, seguir la vía académica o la profesional, poder llegar o no llegar a la universidad. A través de la selección escolar, según reza el guión, la sociedad logra escoger a las personas más capacitadas y motivadas para desempeñar los cometidos más complejos e importantes.

La evolución de la enseñanza no camina en paralelo con las necesidades actuales y es el alumno el que se adapta a los objetivos, métodos y ritmos que impone el modelo, es decir, el sistema imperante. La escuela nace en el siglo XVIII con el objetivo de atender las necesidades de las guerras y prosigue a continuación con el de dar respuesta a la potente industria creada en torno al ferrocarril, que conformó la primera Revolución Industrial. Para la segunda, con el taylorismo, vienen la organización del trabajo y unas mayores exigencias en diferentes saberes. Ahora estamos en una sociedad que se llama del conocimiento, pero que necesita ser mucho más. Se ha convertido en una sociedad sin valores y, por tanto, desorientada.

Necesitamos personas que sean colaborativas y no solo competitivas, personas con criterio social. Ya no sirven aquellos profesores que dominaban la lectoescritura como objetivo para el alumnado. Nos encontramos en un mundo global y donde Internet supone un antes y un después. Caminamos hacia unas necesidades relacionales y de conocimiento a las que el sistema escolar actual no puede dar respuesta sin cambios radicales. Cada curso que pasa afecta a miles de personas que continuarán por la vida dando sus diferentes saltitos, dentro del gallinero, cuando el mundo se moverá por las nubes entre águilas imperiales.

Estamos viendo como en las economías en desarrollo la desigualdad económica y, por tanto, social aumentan año tras año. Los menos preparados —ya son millones en el Estado español— tienen serios problemas de adaptación al mercado de trabajo. Cada próxima década desaparecerán multitud de oficios que han perdurado varias generaciones. Las nuevas tecnologías, muy bien, traerán más competitividad y requerirán personas, no solo con más preparación técnica, con más habilidades y conocimiento, insisto, sino y también preparación relacional, con un gran sentido de apoyo a la sociedad y un alto grado de talante democrático.

Hay que dar una atención diferente: no hay dos personas iguales
Para todo esto hay que cambiar el modelo de enseñanza. Ya en la época de Platón los centros educativos eran lugares de encuentro para la reflexión y la comprensión.

Ahora tomemos ejemplo de Francia, que hace meses anunció que eliminará las notas como medio único para evaluar a los alumnos. El Ministro Hamon ha apostado por incorporar en 2015 “otras formas de medir el aprendizaje de los alumnos, más allá de las notas”. No preconiza “una evaluación a la carta, sino una evaluación al servicio del aprendizaje”. “Nuestro sistema de evaluación por notas es malo y selectivo. Hace falta poner en valor lo que saben hacer los estudiantes para evitar un sistema de sanciones permanentes”.

Está claro que el sistema actual no da respuesta a la sociedad, ni en términos de igualdad ni de eficiencia. Hoy nadie en el mundo pone en duda que invertir en educación es la mejor inversión posible: la ética social lo impone y no hay mejor retorno.

Empecemos ya desde las primeras edades. Tenemos miles de jóvenes licenciados en paro. Debemos elegir a los mejores, retribuirlos adecuadamente, para que sea su alternativa de futuro, y prepararlos durante un año en las materias adecuadas, sobre todo, experimentando en los centros avanzados ya existentes aquí y en los países nórdicos.

No debemos buscar si las causas son familiares, socioculturales o individuales: ya sabemos que lo son. Luego nos queda la vía institucional para decidir y poner los medios de manera que ningún centro escolar, ningún profesor más permitan que nuevas generaciones queden de por vida descalificadas y estigmatizadas porque alguien no quiso asumir “que no hay dos personas iguales en el mundo” y que, por tanto, requieren una atención diferente, una educación personalizada, un entorno humano que los proteja e ilusione.

Koldo Saratxaga. Promotor e impulsor de Ner Group